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"22 de mayo de 2010", relatos del libro "El Príncipe de Avellaneda" de Carlos Balmaceda
04.Ago.2015
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¿Por qué ese pibe de Bernal, sin vinchita ni tatuajes, sin alardes ni arrogancia se ganó la admiración de tanto tano de paladar negro? Veamos: 22 goles hizo en la serie “A”, y le dio 17 puntos al Inter para llevarse el campeonato. Marcó el decisivo contra Siena, y después de una corrida, aguantarla entre dos y clavarla en el ángulo, ganó la Copa de Italia contra la Roma.


En la Champions, su equipo pierde en la zona de grupos con el Barsa, pero se vuelven a encontrar en la semifinal. Antes de la crónica de este partido, retenga el lector algunos de los nombres contra los que El Príncipe se enfrentará: Piqué, Alves, Touré, Ibrahimovic y Messi.


Ahora sí. Imagine el Giuseppe Meazza lleno. Es la ida. El Inter pierde 1 a 0, y dos pelotas que patea Milito se desvían a centímetros del palo. No se desalienta. A los 30 del primer tiempo, recibe en el área, da una vuelta entera buscando a un compañero y cayéndose, se la pasa a Sneijder, que entra por el otro lado y empata.


El Príncipe aprendió a detener el tiempo, dormir la ansiedad y hacer ancho el espacio. Sabe ahora que la distancia más corta entre la pelota y un compañero, o entre la pelota y la red, es la paciencia. La paradoja es que se trata de una paciencia de fracciones de segundo, en la que no sirve correr o esforzarse fuera de tiempo. Todo debe hacerse en el presente. La mirada y la decisión son una misma cosa, algo que necesita un ritmo de metrónomo. Ya domina la técnica, en cientos de partidos se acumuló el ensayo y el error, ya la técnica no le es algo ajeno. Se alojó en el cerebro. Todavía más, habita su cuerpo. Como un guerrero zen, Milito es el fútbol y el fútbol es Milito.


En el segundo, corre por derecha, llega al fondo, frena y el toque para Maicon es sutil. El brasileño la empalma y es el 2 a 1. El último gol, sobre los quince, lo hace el Príncipe de cabeza.


Dos asistencias, un gol ¿cómo no van a confiar los hinchas del Inter en este tipo? Aunque en la final enfrenten a Lahm, Robben, Schweinsteiger y Klose, la base del Bayern Munich, hay algo previsible en su serenidad, en su pose desgarbada. Un axioma muy sencillo: hará lo que tenga que hacer en el momento justo.


Por eso los más de cien mil que están en Piazza Duomo, en su mayoría llevan una “neroblú” con el “22” en la espalda, y las multitudes apiñadas, los que están en los balcones o los eremitas que eligen la soledad de un farol para ver la pantalla gigante, lo vivan en un cantito con resonancias de imperio romano.


El técnico Mourinho, ese portugués que sabe mover piezas dentro de la cancha y palabras fuera de ella, le saca todo dramatismo al trámite, diciendo “es una final como cualquiera”. Pero no es así. Sabe que es la primera después de 45 años, que la última fue en Avellaneda, el 15 de septiembre de 1965, y que desde entonces, no hubo figuración internacional para el Inter.


Por eso los “neroazzurri” de la “piazza” están mudos cuando Robben amaga en los primeros minutos una y otra vez, y Chivu, un rumano sufrido, pasa de largo. Y contienen la respiración hasta que Julio César retiene la pelota entre sus manos.


Sobre los 35, el brasileño, precisamente, saca largo, Milito la baja de cabeza a Sneijder, y corre. Sabe dónde va, porque la distancia mínima entre el Príncipe y el arco es la inteligencia. Está jugando sin la pelota, se está mostrando, y el holandés se siente invitado a jugar, a entrar en su ritmo, a esperar que se acerque a Demichelis, y colocarle el pase a sus espaldas. Cuando toma contacto con la pelota, la clava al ángulo.


El Bernabéu explota, La Piazza –ese Cilindro del 27 de diciembre de 2001- también, y nuestro héroe de Bernal corre hasta que las piernas se le vencen y grita el gol de cara al cielo, el lugar que la hinchada determinó que es posible alcanzar con él.


Unos minutos más tarde, le devuelve la gentileza a Sneijder con otra pared, pero el holandés no es tan certero. Después, aparece por izquierda, por derecha, se mueve, asiste, obliga al roce, las amarillas, y a los 25 del segundo, recibe sobre la izquierda, le amaga a Van Buyten, y una vez que lo desaira, saca un derechazo que es el 2 a 0.


“Son muy pocos los defensores que aguantan un amague. Se acaban venciendo para un lado y los delanteros aprovechamos. No es defecto del defensor, es virtud del delantero”. Esto que dice en el libro “Hagan juego” en diálogo con Ángel Cappa, es exactamente lo que acaba de hacer.


Mourinho es un duro del fútbol, sin el lirismo de don Ángel, así que cuando el público lo ovaciona, cuando Materazzi, su reemplazo, le hace una reverencia y el banco entero lo saluda subiendo y bajando los brazos, apenas lo mira. Hasta que con el pitazo final, le da la mano. No hace falta que haga más. Ya dijo lo que había que decir, cuando declaró: “tiene todo como centrodelantero, es un futbolista brutal en el que nadie creía”.


Llegó a Inter cuando vendieron a Ibrahimovic, disputó su puesto con Samuel Eto’o, y ahora este portugués, que no regala elogios, dice “No llegó para reemplazar a nadie. Necesitaba uno como él".


Ese año se consagrará campeón mundial, consiguiendo la marca inigualable de cinco títulos en una temporada y es uno de los jugadores mejor pagos de la historia.


¿Halagos? ¿Gratitud? Los hinchas del Genoa, cuando se fue del club, lo despidieron con esta bandera: “Es mejor que nos dejes a no haberte conocido”.


Cuatro años después, cuando a ese tipo, de treinta y cinco años ya, los dirigentes de Racing le preguntan cuánto necesita para volver, les dice: “Pongan la cifra… eso no es un impedimento”.


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El libro "El Principe de Avellaneda" es una biografia de Diego Milito escrita por Carlos Balmaceda, escritor y miembro del programa "Academia del Arte Racinguista".


El libro completo estara a la venta en la Fiesta de la Filial que se celebrará el 11 de Octubre en Madrid, podes hacer tu reserva si queres!


Saludos,
German.-
www.racingfilialespanya.com